Mis padres vinieron jóvenes al país en barco desde Krivoy Rog (Ucrania), escapando de la Primera Guerra Mundial. Llegaron a la Argentina casados y con una hija (mi hermana Riva). Mi papá se llamaba Iañe (en Idish) y fue inscripto como Jana; mi mamá se llamaba Ety y le pusieron de nombre Esther. Mi papá pertenecía a una familia de clase media rusa, que le había inculcado la cultura del trabajo y del esfuerzo para hacerse un camino en la vida.

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Se hospedaron en el Hotel de los Inmigrantes en Buenos Aires, como sucedía con la mayoría de los contingentes que venían principalmente de Europa. Allí les sugirieron distintas opciones para radicarse; una de ellas fue el interior de la provincia de Córdoba, particularmente Cosquín, y hacia allí fueron. Mi padre comenzó vendiendo en la calle y casa por casa mercaderías del rubro textil: pantalones, camisas, telas de sábana, etc.; mi madre (que era muy buena cocinera) organizó un comedor en nuestra casa sirviendo almuerzo y cena.

Así comenzaron sin saber el idioma y tratando de familiarizarse con el dinero nuevo. Mi padre fue paulatinamente adquiriendo el lenguaje de la calle; venía a Córdoba a hacer las compras, principalmente a comerciantes de la calle Buenos Aires que le daban la mercadería a crédito. Luego de dos años se compró un sulky, con lo que extendió su venta ambulante a zonas más alejadas de Cosquín y a las chacras aledañas. Mi mamá seguía con su comedor y, por su atención y la calidad de su comida, fue recibiendo nuevos comensales a través de la propaganda de “boca en boca” (como habitualmente sucede en los pueblos).

Cuando reunieron cierto capital lo primero que pensaron es en traer a sus familiares que estaban aún en Rusia; así pudieron venir mis abuelos: recuerdo vagamente a mi zeide León que era una persona muy instruída (era rabino en Ucrania). Al tiempo también trajeron a mis tíos maternos: Adolfo (el mayor) y Salomón (el menor).

Nacimos luego mi hermano Bernardo y yo, siendo criados en ese hogar de esfuerzo y actitud siempre dispuesta para el trabajo; cada día era una lucha para conseguir el sustento, pocos eran los gustos y la diversión, lo que sobraba se ahorraba en pos de la incertidumbre de un futuro. A medida que los hijos fuimos creciendo y viendo la necesidad de nuestra educación, mis padres decidieron venir a Córdoba instalándose en un barrio donde residían muchos “paisanos”: compraron una casa en Bv. Las Heras 326, donde se encontraron con las familias Fisher, Narowlansky, Swesky, Goldberg, Clebañer, Lipsen, Fleiderman, entre otros (en pocas cuadras había tanta presencia judía que la zona había recibido el apodo de “Ghetto de las Heras, entre la paisanada). Vinimos junto a mis abuelos y tíos. Era una casa muy amplia ubicada frente al Parque Las Heras, que fue el patio de mi casa.

En Córdoba mi papá se compró un auto (creo que era un Renault) y siguió saliendo por varios días al interior de los campos, chacras y al Dique Los Molinos (que comenzaba a construirse): hubieron allí muchos extranjeros (especialmente bolivianos) a quienes vendía sus mercaderías. Era muy buen vendedor, insistente, que terminaba de convencer a veces por cansancio. Su fama se fue extendiendo y llegó a ser muy conocido; cuando la gente no tenía el efectivo para comprar vendía al fiado, porque se confiaba en el valor de la palabra, la cual era sagrada y respetada. Con el tiempo se compró una Estanciera; la gente lo esperaba en sus giras periódicas, le abría las puertas de sus casas para recibirlo y compartir comida y charla.

Los hijos fuimos creciendo y cada uno constituyó sus familias. Pero los domingos era el día de encuentro: nos juntábamos todos a la tarde en esa emblemática casa de Las Heras, para saborear la deliciosa comida que era preciso comer aunque uno estuviera satisfecho (“qui mi moira si no comés” solía decir mi mámá).

Otro punto que quiero destacar es el respeto por las vivencias judías: son inolvidables los recuerdos de los Sedarim de Peisaj donde se cumplían los rituales, aunque en esa época toda la lectura era en idish y siendo chicos entendíamos muy poco.

Como muchos inmigrantes, mis padres fueron personas de fuerte carácter, de gran fortaleza para superar las adversidades, y de gran respeto a los valores humanos: la ética, la familia, el trabajo, el estudio. Los tiempos han cambiado pero ese mensaje tiene y tendrá vigencia por siempre.

 

Dr. Pedro Polacov